“Nada me puede cambiar”, “yo soy así y así seré siempre”, “¿por qué a mí me ha tocado ser como soy?”.

¿Por qué dices eso? ¿Es que crees que no puedes hacer nada para que tu vida sea diferente? ¿Es que crees que no puedes cambiar?

No se trata de al cambiar toques o alteres el hueso de tu aceituna. El hueso de tu aceituna eres tú, es la parte tuya que te hace único, genuino, irrepetible. La parte que aman los que te aman. La palabra que te define.

Si hablamos de cambiar no nos estamos refiriendo a que cambies tú. Sino a que se vayan de ti formas de actuar, de ver las cosas que te hacen daño, que pueden hacer daño también a tus personas cercanas. Formas de actuar, de pensar, de responder que pueden estar viciando tus relaciones y que, de verdad, no son tú. Tú no eres tus problemas, tú no eres tu forma de actuar. Esas formas las aprendiste en tu camino por la vida, en algún momento en que te resultaron útiles. Porque hubo momentos en tu existencia en que tu poca práctica hacía que tus recursos fuesen muy pocos: escapar, llorar, asustarte. Y es que entonces te vino bien escapar, llorar y asustarte porque de esta forma seguro que remediaste algún daño mayor. Pero mira, eso se quedó tatuado en tu forma de moverte por la vida. Lo aprendiste y es muy posible que lo repitas cuando lo que necesitas hacer para estar bien, para solucionar un problema es otra cosa muy distinta que aún no has experimentado.

El cambio personal, la maduración, no es otra cosa que conseguir olvidarte de esa forma de pasear por la vida que te impide disfrutar de ella (que, a fin de cuentas, la vida está construida de instantes y hay que procurar que sean lo mejor posible),

El cambio personal es posible porque no es más que aprender olvidarte de esas formas y ensayar otras nuevas que ahora sí, que ahora te sirvan para que cuando te mires en cualquier espejo te sientas (y eso, en una vida, es muchísimo) contento con tu vida, satisfecho de tu forma de llevarla hacia adelante.