Somos cuerpo y materia hasta el extremo, hasta límites que corren peligro de ser olvidados de nuevo (ya se olvidó el mundo de los cuerpos cuando se creó la fracción que dividía al ser humano en cuerpo y alma y que ocupó siglos de nuestra Historia en occidente).

Y al ser cuerpo (material que nos identifica, material que somos), y al ser felizmente sociales y gregarios no deberíamos volver al mundo en el que se nos partía en dos mitades, porque quedaría en el olvido nada menos que nuestra esencia.

Nos reconocemos en nuestro cuerpo y nos conocemos al conocer nuestro cuerpo y, además, nos reconocemos como personas no sólo al tocarnos si no al ser tocados. Porque ser tocados nos confirma la certeza de nuestra realidad. Y no sólo de que existimos, algo que garantiza el tacto, sino de que somos importantes para quien nos toca, de que existimos en su pensamiento, sentimiento, conocimiento.

No sólo el tacto inviste al cuerpo de realidad. Todos los sentidos y en todos los sentidos se manifiesta nuestra realidad física como verdad incuestionable.

Seremos más sencillos al decirlo: un bebé que no siente el tacto, que no es mecido, acariciado, palpado, simplemente muere.

Un miógrafo (un instrumento que mide la tensión muscular) muestra que los músculos disminuyen su dureza cuando una persona es tocada.

¿Cuidado entonces con las nuevas formas de comunicar en la que no se ve, ni se advierte la expresión facial, en las que desaparece la posibilidad de mirar, oír y, sobre todo, tocar a nuestro interlocutor?

Dejamos que vuele la pregunta, y si alguien quiere responder, daremos la bienvenida a todo lo que quiera decir.